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¿Cómo es posible que nos sintamos solos rodeados de gente?, ¿o atrapados en un mundo con aviones, coches...?. Todos esos lazos, invisibles, apenas conscientes, pero cerrados como cuatro paredes de una prisión. Podemos caminar hasta el fin del mundo, sin embargo, nuestro límite de movimientos es muy pequeño. Es duro pensar en la familia de esta manera. Y lo es, porque es un error simplificarlo a tan solo una cuestión de distancia física. Jamás el amor creará sentimientos negativos en una persona. Son otros sentimientos, mucho más peligrosos, que acechan tras la barrera del subconsciente, y utilizan nuestros más nimios movimientos, expresiones o sensaciones para obrar su magia negra.
Toda esta legión de fría oscuridad, que envuelve muchas largas noches los pensamientos de gran parte de la humanidad, tiene como comandante en jefe, un personaje vilipendiado por la historia: el miedo. Emperador de corazones encogidos, verdugo de mentes ligeras, y amigo y compañero de corazones valientes. El miedo nace de la necesidad de supervivencia. Un ser vivo con miedo es proclive a prestar más atención a posibles depredadores o peligros varios. Esta herramienta tan útil para la vida, es quizás una de las más importantes razones de que ahora tú y yo estemos aquí, compartiendo estas letras. El problema, (por supuesto, siempre hay un problema), viene cuando abusamos del miedo, (o mejor dicho, este abusa de nosotros con nuestro consentimiento) y crea un estado en el que la mente cree que para sobrevivir, hemos de negar nuestra capacidad vital individual.
Claro que, como en todo, situar los límites es harto complicado. ¿Donde comienza el miedo a ser perjudicial?, ¿es tirarse de un puente atado a una cuerda al vacío un acto valiente o un acto inconsciente?. Si nos quedamos tan solo con esta pregunta, estaríamos errando por excesiva simplificación. Ahondemos un poco más: Sabemos que el miedo nos separa de un lado de la ecuación, en el que está la posibilidad de no sobrevivir. ¿Qué hay al otro lado de la ecuación?.
Aparentemente, la vida tiene como único fin, su continuación. No parece haber una meta final, ni retos intermedios. Simplemente cada especie lucha por perdurar. Evoluciona poco a poco para lograr adaptarse a los nuevos escenarios, creando nuevas especies mejor adaptadas a su realidad. Podemos extrapolar estos hechos al ser humano. Pero espera, ¿por qué habríamos de extrapolarlos, y no aplicárnoslos directamente como al resto de seres vivos? Es bastante obvio, al ojo de cualquiera, que el ser humano es una especie distinta al resto. Contamos con avanzada tecnología, hemos logrado una gran comprensión de lo grande y lo pequeño, y pisamos la Luna. Estas hazañas, de las que cada ser humano siente orgullo, no tienen porqué significar nada para una especie diferente. ¿Porque quizás no llegue a comprenderlas?, ¿si pudiera comprenderlas se sorprendería? Si nos reducimos a la primera aseveración de este párrafo, nuestra existencia y la de otro ser vivo cualquiera cumplen, en principio, su función de manera más que satisfactoria. Entonces, ¿para qué tanta parafernalia?, ¿en qué mejora nuestra supervivencia el ir a la Luna?
No lo hace, es una consecuencia de otra herramienta muy poderosa de la cual la evolución nos ha dotado, la curiosidad. Gracias a esta, podemos llegar a comprender nuestro medio, logrando una adaptación mucho mayor, y aumentando considerablemente nuestras posibilidades de vivir un día más. Seguro, que si el Universo pensara, no habría adivinado hasta donde podría llevarnos esa herramienta "mágica" (o más bien, seguramente el Universo lo "sabía" desde el principio). Discutir si ese "exceso" de curiosidad es positivo o negativo para el ser humano, es una tarea compleja y difícil. Personalmente, opino que nos traerá más bien que mal, pero como para todo, cada uno tiene sus propios pantalones.
Somos seres vivos, como tantos otros, y nos dirigimos hacia el mismo camino, con diferentes armas utensilios. Por lo tanto, ¿donde se sitúa el miedo en este colosal puzzle?.
Para hallar una respuesta, debemos acudir a la capacidad personal de cada individuo de establecer su propia escala de valores, para así lograr la felicidad. La primera vez que sale este término a flote. La felicidad es el fin último consciente de cada persona. Existen infinidad de caminos para alcanzarla/encontrarla/crearla y otros tantos erróneos. Cuando tenemos una escala de valores fuerte, y basada en nuestros más profundos sueños o las más poderosas ideas, y no en una fuerza externa (como la presión social), el miedo deja sitio a nuestro yo, para situarse en el lugar que le corresponde, salvándonos de lo que realmente creemos que atenta contra el fin último de la vida.
Queremos perdurar. Y también queremos conocer. Queremos encontrar un significado. Lo deseamos desde lo más hondo de nuestro ser. Algo, cualquier cosa, que nos alivie la pesada carga de la pregunta más simple: ¿Por qué?