Arde Troya
lunes, 23 de abril de 2012
¿Por qué?
lunes, 16 de enero de 2012
La verdad está escondida en lo profundo
-¿Sabes, Demócrito? Cuando yo tenía tu edad, mi padre gustaba de contar historias sobre el mundo terrenal, propias del mundo de los dioses. En su vida no pudo demostrar nada de lo que con sus ideas proclamaba, conceptos que por otra parte, hubieran desatado la ira de los dioses, de no ser porque no estaban atentos en mirar, o porque ocupaban su tiempo con pasatiempos incomprensibles a ojos de un humano.
El anciano se alisó las arrugas de la túnica, mientas se acomodaba en una gran piedra, a las afueras de Abdera, en la región de Tracia. Su voz sonaba ronca, y su mirada estaba perdida lejos, en las montañas.
- La gente lo repudiaba. Acabó vagando por las calles, con todos los síntomas de la locura humana. Murió a manos de un borracho, exhausto de los tiempos en los que le tocó vivir.
Su voz se quebró, y una lágrima descendió entre los surcos de su piel. Cerró fuertemente el puño, haciendo que su brazo temblara. Le ofrecí volver a casa a descansar, ya que se hacía tarde y podría sorprendernos el frío de la noche. Se negó y prosiguió:
- He estado convencido toda mi vida, de que los sueños irreverentes de mi padre, eran producto de un castigo divino. Y he sentido terror, todos estos años, porque esos mismos sueños son los que iluminan mis horas oscuras. No hay nada que duela más que ver caer tu imagen de este mundo, y a pesar de mi lucha frenética, al final he cedido ante mi mismo. Estoy dispuesto a la tortura eterna, a unirme en el sufrimiento de Prometeo y que un águila gigante me devore cada día hasta el fin de los tiempos, antes que rechazar lo que me dice el corazón. Jamás des la espalda a tu propio corazón. Él sabe cual es tu camino, y te guiará hacia tu meta.
Me costaba entenderlo. Mi abuelo balbuceaba entre sollozos. Lo que me contaba era peligroso. Tonterías de viejos, ¿o no?.
- Una flor crece de ciertas semillas, y no de otras. Los animales corren y aprenden. El sol sale por el mismo lado cada amanecer...
Cayó de rodillas al suelo, y se desplomó con un gemido. Lo cogí de los hombros, y lo volteé hasta verle la cara.
- La verdad está escondida en lo profundo...
Esas son las últimas palabras que me dijo mi abuelo antes de morir. Palabras que encierran una idea que aprendió de su padre. Una idea simple, pequeña.
Y muy poderosa.
La verdad está escondida en lo profundo.
Cuando nacemos, aprendemos ideas preconcebidas. Palabras vacías que abarrotan nuestra mente de falso entendimiento de lo que nos rodea. Es nuestro deber romper con esas ideas. Mirar más allá de lo que tenemos, y encontrar que el universo es mucho más espectacular que lo que nunca hubiéramos imaginado. No hay que temer que todo sea desfavorable. No es más que algo que cambiará con el tiempo, como todo.
Mañana, ni tú ni yo seremos más que lo que el tiempo nos depara, en su inexorable plan por fascinarse con esta inexacta e imprecisa historia, en la que todos, en cierta medida, colaboramos.