lunes, 23 de abril de 2012

¿Por qué?



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¿Cómo es posible que nos sintamos solos rodeados de gente?, ¿o atrapados en un mundo con aviones, coches...?. Todos esos lazos, invisibles, apenas conscientes, pero cerrados como cuatro paredes de una prisión. Podemos caminar hasta el fin del mundo, sin embargo, nuestro límite de movimientos es muy pequeño. Es duro pensar en la familia de esta manera. Y lo es, porque es un error simplificarlo a tan solo una cuestión de distancia física. Jamás el amor creará sentimientos negativos en una persona. Son otros sentimientos, mucho más peligrosos, que acechan tras la barrera del subconsciente, y utilizan nuestros más nimios movimientos, expresiones o sensaciones para obrar su magia negra. 

Toda esta legión de fría oscuridad, que envuelve muchas largas noches los pensamientos de gran parte de la humanidad, tiene como comandante en jefe, un personaje vilipendiado por la historia: el miedo. Emperador de corazones encogidos, verdugo de mentes ligeras, y amigo y compañero de corazones valientes. El miedo nace de la necesidad de supervivencia. Un ser vivo con miedo es proclive a prestar más atención a posibles depredadores o peligros varios. Esta herramienta tan útil para la vida, es quizás una de las más importantes razones de que ahora tú y yo estemos aquí, compartiendo estas letras. El problema, (por supuesto, siempre hay un problema), viene cuando abusamos del miedo, (o mejor dicho, este abusa de nosotros con nuestro consentimiento) y crea un estado en el que la mente cree que para sobrevivir, hemos de negar nuestra capacidad vital individual. 

Claro que, como en todo, situar los límites es harto complicado. ¿Donde comienza el miedo a ser perjudicial?, ¿es tirarse de un puente atado a una cuerda al vacío un acto valiente o un acto inconsciente?. Si nos quedamos tan solo con esta pregunta, estaríamos errando por excesiva simplificación. Ahondemos un poco más: Sabemos que el miedo nos separa de un lado de la ecuación, en el que está la posibilidad de no sobrevivir. ¿Qué hay al otro lado de la ecuación?. 

Aparentemente, la vida tiene como único fin, su continuación. No parece haber una meta final, ni retos intermedios. Simplemente cada especie lucha por perdurar. Evoluciona poco a poco para lograr adaptarse a los nuevos escenarios, creando nuevas especies mejor adaptadas a su realidad. Podemos extrapolar estos hechos al ser humano. Pero espera, ¿por qué habríamos de extrapolarlos, y no aplicárnoslos directamente como al resto de seres vivos? Es bastante obvio, al ojo de cualquiera, que el ser humano es una especie distinta al resto. Contamos con avanzada tecnología, hemos logrado una gran comprensión de lo grande y lo pequeño, y pisamos la Luna. Estas hazañas, de las que cada ser humano siente orgullo, no tienen porqué significar nada para una especie diferente. ¿Porque quizás no llegue a comprenderlas?, ¿si pudiera comprenderlas se sorprendería? Si nos reducimos a la primera aseveración de este párrafo, nuestra existencia y la de otro ser vivo cualquiera cumplen, en principio, su función de manera más que satisfactoria. Entonces, ¿para qué tanta parafernalia?, ¿en qué mejora nuestra supervivencia el ir a la Luna? 

No lo hace, es una consecuencia de otra herramienta muy poderosa de la cual la evolución nos ha dotado, la curiosidad. Gracias a esta, podemos llegar a comprender nuestro medio, logrando una adaptación mucho mayor, y aumentando considerablemente nuestras posibilidades de vivir un día más. Seguro, que si el Universo pensara, no habría adivinado hasta donde podría llevarnos esa herramienta "mágica" (o más bien, seguramente el Universo lo "sabía" desde el principio). Discutir si ese "exceso" de curiosidad es positivo o negativo para el ser humano, es una tarea compleja y difícil. Personalmente, opino que nos traerá más bien que mal, pero como para todo, cada uno tiene sus propios pantalones. 

Somos seres vivos, como tantos otros, y nos dirigimos hacia el mismo camino, con diferentes armas utensilios. Por lo tanto, ¿donde se sitúa el miedo en este colosal puzzle?. 
Para hallar una respuesta, debemos acudir a la capacidad personal de cada individuo de establecer su propia escala de valores, para así lograr la felicidad. La primera vez que sale este término a flote. La felicidad es el fin último consciente de cada persona. Existen infinidad de caminos para alcanzarla/encontrarla/crearla y otros tantos erróneos. Cuando tenemos una escala de valores fuerte, y basada en nuestros más profundos sueños o las más poderosas ideas, y no en una fuerza externa (como la presión social), el miedo deja sitio a nuestro yo, para situarse en el lugar que le corresponde, salvándonos de lo que realmente creemos que atenta contra el fin último de la vida.  

Queremos perdurar. Y también queremos conocer. Queremos encontrar un significado. Lo deseamos desde lo más hondo de nuestro ser. Algo, cualquier cosa, que nos alivie la pesada carga de la pregunta más simple: ¿Por qué?


lunes, 16 de enero de 2012

La verdad está escondida en lo profundo

-¿Sabes, Demócrito? Cuando yo tenía tu edad, mi padre gustaba de contar historias sobre el mundo terrenal, propias del mundo de los dioses. En su vida no pudo demostrar nada de lo que con sus ideas proclamaba, conceptos que por otra parte, hubieran desatado la ira de los dioses, de no ser porque no estaban atentos en mirar, o porque ocupaban su tiempo con pasatiempos incomprensibles a ojos de un humano.


El anciano se alisó las arrugas de la túnica, mientas se acomodaba en una gran piedra, a las afueras de Abdera, en la región de Tracia. Su voz sonaba ronca, y su mirada estaba perdida lejos, en las montañas.


- La gente lo repudiaba. Acabó vagando por las calles, con todos los síntomas de la locura humana. Murió a manos de un borracho, exhausto de los tiempos en los que le tocó vivir.


Su voz se quebró, y una lágrima descendió entre los surcos de su piel. Cerró fuertemente el puño, haciendo que su brazo temblara. Le ofrecí volver a casa a descansar, ya que se hacía tarde y podría sorprendernos el frío de la noche. Se negó y prosiguió:


- He estado convencido toda mi vida, de que los sueños irreverentes de mi padre, eran producto de un castigo divino. Y he sentido terror, todos estos años, porque esos mismos sueños son los que iluminan mis horas oscuras. No hay nada que duela más que ver caer tu imagen de este mundo, y a pesar de mi lucha frenética, al final he cedido ante mi mismo. Estoy dispuesto a la tortura eterna, a unirme en el sufrimiento de Prometeo y que un águila gigante me devore cada día hasta el fin de los tiempos, antes que rechazar lo que me dice el corazón. Jamás des la espalda a tu propio corazón. Él sabe cual es tu camino, y te guiará hacia tu meta.


Me costaba entenderlo. Mi abuelo balbuceaba entre sollozos. Lo que me contaba era peligroso. Tonterías de viejos, ¿o no?.


- Una flor crece de ciertas semillas, y no de otras. Los animales corren y aprenden. El sol sale por el mismo lado cada amanecer...


Cayó de rodillas al suelo, y se desplomó con un gemido. Lo cogí de los hombros, y lo volteé hasta verle la cara.


- La verdad está escondida en lo profundo...


Esas son las últimas palabras que me dijo mi abuelo antes de morir. Palabras que encierran una idea que aprendió de su padre. Una idea simple, pequeña.


Y muy poderosa.


La verdad está escondida en lo profundo.


Cuando nacemos, aprendemos ideas preconcebidas. Palabras vacías que abarrotan nuestra mente de falso entendimiento de lo que nos rodea. Es nuestro deber romper con esas ideas. Mirar más allá de lo que tenemos, y encontrar que el universo es mucho más espectacular que lo que nunca hubiéramos imaginado. No hay que temer que todo sea desfavorable. No es más que algo que cambiará con el tiempo, como todo.


Mañana, ni tú ni yo seremos más que lo que el tiempo nos depara, en su inexorable plan por fascinarse con esta inexacta e imprecisa historia, en la que todos, en cierta medida, colaboramos.

sábado, 14 de enero de 2012

Solo quedan unos segundos. Mi respiración está acelerada. Mis ojos se mueven nerviosos, recorriendo cada palmo de la puerta que estoy a punto de cruzar. El viento susurra en mis oídos. Cada músculo de mi cuerpo está en tensión, esperando. El casco me aprieta en la sien. Un sudor frío me recorre la frente. Mi mente busca con desesperación una razón para no hacerlo. Por un momento, soy consciente de todo mi ser.

-Tres...- susurra mi compañero.

Mis manos se aferran fuertemente a la manilla. Está helada, y el metal me hace daño. Me sorprendo tarareando una canción infantil. Cierro los ojos con fuerza e intento calmar el pánico que amenaza con hacerme gritar. A duras penas me mantengo sereno.

-Dos... - Abro la puerta.

El rugido del viento, que podría rivalizar con la mismísima llamada del Infierno, entra en el habitáculo. Mi cuerpo se estremece violentamente por el sabor de la adrenalina que inunda mi sangre. Me coloco en posición, ahogando con locura los gritos de la razón. El traje me abrasa la piel. Las correas están muy apretadas, ¿quizás demasiado?, ¿debería detenerme?

-¡Uno!

Mi corazón está desbocado. Mi mente repasa mis próximos tres pasos, una y otra vez. Mis labios se mueven con la armonía de las palabras: "Tranquilo, tranquilo, tranquilo" no dejo de repetir. Cierro los ojos con fuerza, y respiro profundamente. Todo es caótico, el rugido infernal del viento, el frío que me atenaza las extremidades, agarrotadas ya por el tiempo excesivo que mis músculos han estado bajo tensión involuntaria. "No puedo hacerlo, no estoy pre..."

-¡Fuera!

Respiro una bocanada de aire y salto.

Se hace el silencio.

Todo ha desaparecido.

El ruido, el frío, el miedo, la sensación del suelo bajo mis pies... no están . Por un momento, por un ínfimo momento, todo es paz.
Durante un instante, vuelo bajo las estrellas. Tengo la libertad con la que han sido coronadas las aves. Solo existo yo, yo y el cielo.
En ese instante, todo es todo, y nada es nada. Mi mente está serena, sin pensamientos vacíos, ni voces de trasfondo. Es el segundo perfecto.

Hasta que el viento te golpea por entero. Comienza la vertiginosa caída. La adrenalina vuelve a dominarme. Logro estabilizarme, y abro bien los ojos para ver el paisaje. El vasto imperio del planeta Tierra yace orgulloso bajo mis pies. Mi vista acaricia lejanas montañas interiores, y el colosal océano a mi espalda. Mis gritos de júbilo colman el aire que me rodea. "¡Nada puede vencerme¡". Juego con la búsqueda más profunda del ser humano, la propia libertad. Me dirijo a una velocidad mortal contra el suelo. Y eso me llena de vitalidad. Al fin tengo mi existencia en la palma de mi mano, dependiente en absoluto de mi próxima decisión.

Es a lo largo de estos segundos donde comprendo lo efímera que puede llegar a ser la vida. Lo frágil y valiosa, absurda y poco codiciada. Es una meta en si misma. Es el camino y el premio. Es sencilla, y maravillosa, en el límite. Tiene valor, porque tiene un final. Y la libertad de decidir nuestro final, es nuestro poder, nuestra obra. Ser grandes o pequeños. Ser ahora, o ser eternamente.

Lo que dejamos atrás y lo que ha de venir, se mezcla en una amalgama de sensaciones que momentáneamente lo explica todo. El conjunto total del universo tiene sentido. La razón última tiene nombre y apellidos...

Es hora de parar.

Abro, y todo vuelve a la calma. Me deslizo silenciosamente hacia el suelo, con mi corazón ya calmado, y mi mente tranquila y contenta. Una sonrisa sincera recorre mi rostro. Suspiro felizmente.

Me poso sobre el suelo, y miro al cielo.

¡Adoro el paracaidismo!.



Rubén S.