-Tres...- susurra mi compañero.
Mis manos se aferran fuertemente a la manilla. Está helada, y el metal me hace daño. Me sorprendo tarareando una canción infantil. Cierro los ojos con fuerza e intento calmar el pánico que amenaza con hacerme gritar. A duras penas me mantengo sereno.
-Dos... - Abro la puerta.
El rugido del viento, que podría rivalizar con la mismísima llamada del Infierno, entra en el habitáculo. Mi cuerpo se estremece violentamente por el sabor de la adrenalina que inunda mi sangre. Me coloco en posición, ahogando con locura los gritos de la razón. El traje me abrasa la piel. Las correas están muy apretadas, ¿quizás demasiado?, ¿debería detenerme?
-¡Uno!
Mi corazón está desbocado. Mi mente repasa mis próximos tres pasos, una y otra vez. Mis labios se mueven con la armonía de las palabras: "Tranquilo, tranquilo, tranquilo" no dejo de repetir. Cierro los ojos con fuerza, y respiro profundamente. Todo es caótico, el rugido infernal del viento, el frío que me atenaza las extremidades, agarrotadas ya por el tiempo excesivo que mis músculos han estado bajo tensión involuntaria. "No puedo hacerlo, no estoy pre..."
-¡Fuera!
Respiro una bocanada de aire y salto.
Se hace el silencio.
Todo ha desaparecido.
El ruido, el frío, el miedo, la sensación del suelo bajo mis pies... no están . Por un momento, por un ínfimo momento, todo es paz.
Durante un instante, vuelo bajo las estrellas. Tengo la libertad con la que han sido coronadas las aves. Solo existo yo, yo y el cielo.
En ese instante, todo es todo, y nada es nada. Mi mente está serena, sin pensamientos vacíos, ni voces de trasfondo. Es el segundo perfecto.
Hasta que el viento te golpea por entero. Comienza la vertiginosa caída. La adrenalina vuelve a dominarme. Logro estabilizarme, y abro bien los ojos para ver el paisaje. El vasto imperio del planeta Tierra yace orgulloso bajo mis pies. Mi vista acaricia lejanas montañas interiores, y el colosal océano a mi espalda. Mis gritos de júbilo colman el aire que me rodea. "¡Nada puede vencerme¡". Juego con la búsqueda más profunda del ser humano, la propia libertad. Me dirijo a una velocidad mortal contra el suelo. Y eso me llena de vitalidad. Al fin tengo mi existencia en la palma de mi mano, dependiente en absoluto de mi próxima decisión.
Es a lo largo de estos segundos donde comprendo lo efímera que puede llegar a ser la vida. Lo frágil y valiosa, absurda y poco codiciada. Es una meta en si misma. Es el camino y el premio. Es sencilla, y maravillosa, en el límite. Tiene valor, porque tiene un final. Y la libertad de decidir nuestro final, es nuestro poder, nuestra obra. Ser grandes o pequeños. Ser ahora, o ser eternamente.
Lo que dejamos atrás y lo que ha de venir, se mezcla en una amalgama de sensaciones que momentáneamente lo explica todo. El conjunto total del universo tiene sentido. La razón última tiene nombre y apellidos...
Es hora de parar.
Abro, y todo vuelve a la calma. Me deslizo silenciosamente hacia el suelo, con mi corazón ya calmado, y mi mente tranquila y contenta. Una sonrisa sincera recorre mi rostro. Suspiro felizmente.
Me poso sobre el suelo, y miro al cielo.
¡Adoro el paracaidismo!.
Rubén S.
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